Los que se van de la vida, mueren de verdad en el instante preciso en que se los olvida.
El recuerdo, no se alimenta con la ofrenda de flores en los días clásicos. Ni con el llanto inútil derramado sobre una tumba. Ni con la apreciación póstuma de virtudes que no se quisieron reconocer a tiempo. Ni con la crónica laudatoria de la vida de los que partieron.
Ese recuerdo debe ser un proceso espiritual que gravite sobre los actos de un hombre, de una familia, de una comunidad en la prosecución de un ideal.
Así recuerda nuestra casa a Ana María. Por eso ella sigue viviendo entre nosotros.” por Ernesta Robertaccio (más…)

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